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lunes, 23 de junio de 2014

El hombre de aglomerado

James Thomas Fischer siempre había sido un apasionado de la parapsicología. De hecho, su biblioteca cobijaba decenas de colecciones sobre revistas esotéricas que había adquirido a lo largo de su vida. Ahora, con treinta y cuatro años recién cumplidos, echaba la vista atrás y reparaba en que, a pesar del tiempo, algo siempre había prevalecido: James jamás creyó las historias que le contaban, aquellas de apariciones escalofriantes siempre protagonizadas por espectadores inconexos, aquellas que debías creer por el mero hecho de que un conocido te las explicaba. El filósofo David Hume lo dijo una vez, «Afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias», y James estaba completamente de acuerdo. El mismo efecto lo experimentaba cuando leía todos aquellos artículos sobre fantasmas, demonios y avistamientos. ¿Hasta qué punto se podía corroborar aquella información? ¿Por qué parecía ser el único que no había experimentado ese tipo de sucesos? Por esta y muchas otras cavilaciones llegó a la conclusión de que, por más que buscara, no se encontraría con ningún suceso inexplicable. Debía planteárselo de otra manera, en realidad decidió hacer justo lo contrario.
James se convirtió en un falso médium y se publicitó en distintos medios como un experto del ocultismo capaz de solucionar cualquier problema a un precio muy asequible. De este modo, tan sólo debía esperar sentado en el sofá de su casa a que los casos fuesen llegando. Hubo muchas llamadas y visitas a domicilio; sin embargo, la mitad de las incógnitas podían solucionarse con una simple respuesta racional y la mitad de sus clientes carecían de un saludable estado mental. La frustración por no vislumbrar con sus ojos nada en absoluto acrecentó su escepticismo y sostuvo su argumento sobre que todo era mentira. Tal fue su desengaño que decidió acabar con la estafa y quitarse la máscara. Pero justo cuando estaba empaquetando su librería para dejarla abandonada en el contenedor de basura más cercano, una llamada captó su atención de nuevo.
Su nombre era Ellen Gilbert y vivía en una urbanización en Reidsville, Carolina del Norte. En un principio, dado su inseguro tono de voz, James se adelantó suponiendo que sería un caso más por sugestión mental y que se alejaría de lo que él pretendía encontrar. Sin embargo, a medida que describía los sucesos, la curiosidad crecía en su interior. Se llegó a interesar tanto en su historia que al cabo de unos días se desplazó para hacerle una visita.

El coche abandonó la carretera que comunicaba con Reidsville y entró en un camino de tierra. El territorio era mucho más sombrío, más salvaje que el que había dejado atrás. Los árboles se cernían sobre el sendero entrelazando sus ramas con los del otro lado y formando una cúpula que impedía la filtración de la luz del sol. Al cabo de unos minutos, en tanto el vehículo brincaba a causa de los baches de la tierra, vislumbró el tejado de una casa. Detuvo su coche frente a la residencia de dos plantas y la observó; la parcela donde había sido construida era una pendiente, el terreno que la rodeaba descendía inclinado varios metros detrás de ella y finalizaba en los límites que daban paso al bosque. Antes de que pudiera seguir indagando una mujer apareció por la puerta de entrada y saludó con la mano. Mediante señas le indicó que descendiera por la rampa de hormigón y que aparcara junto a su todo-terreno Cuando lo hizo le dio la bienvenida y lo invitó a entrar en su domicilio.
—No llevo demasiado tiempo viviendo aquí —empezó a explicar Ellen—, por eso no sabría decirte si siempre ha estado sucediendo.
James depositó la taza de té en la mesita que había situada frente al sofá en el que permanecían sentados.
—Por teléfono me explicaste que los vecinos también han sufrido fenómenos parecidos.
—Sí, bueno… Hay otra casa más arriba, hablé con su mujer y me dijo que desapareció uno de sus animales.
—Entonces es posible que se trate de un coyote.
—No en mi caso, señor Thomas. Mis perros han aparecido con cortes por todo el cuerpo, pero no como si un animal los hubiera rasgado, a algunos de ellos les faltaban secciones de piel en el lomo.
James frunció el entrecejo y dio otro sorbo a la taza de té.
—Ningún coyote podría hacer algo así —añadió ella.
—¿Por qué crees que se trata de un suceso paranormal? Detrás de esto podría haber una persona desequilibrada, quizás el responsable sea de esta urbanización.
—Aún no se lo he explicado todo —siguió con una mirada acongojada por la situación.
James se cruzó de brazos y, girándose hacia ella, esperó impaciente.
—Antes dejaba a mis tres perros afuera por la noche porque en el jardín tienen una caseta donde pueden dormir, pero dada la situación decidí meterlos en el sótano.
—¿Tiene un sótano? —preguntó él.
—Bueno, no es del todo un sótano. Si se ha fijado, la casa está nivelada en la pendiente porque debajo hay una especie de planta baja que la sostiene. Dentro de ese hormigón nos quedó un espacio que aprovechamos para instalar la caldera y guardar toda clase de herramientas.
Ellen se detuvo, miró hacia las ventanas que rodeaban el comedor y continuó con su explicación.
—Hace dos noches me desperté a causa de los ladridos. Supuse que los perros habían olido a alguien así que me asomé a una de esas ventanas —señaló Ellen—. Como estaba muy oscuro decidí coger una linterna y desde aquí arriba iluminé el terreno.
Ellen agachó su cabeza con una mirada de absoluto terror y, mientras parecía visualizar lo que estaba explicando, sus manos comenzaron a temblar.
—Tranquila —dijo James, apoyando su mano sobre el hombro de ella—. ¿Qué pasó después?
—Vi algo acercándose a la casa —siguió con un tono de voz frágil.
Segundos después se detuvo de nuevo.
—Ellen, dime, ¿qué viste? —insistió.
—Es muy difícil describirlo.
—Inténtalo.
—Al principio no vi nada, pero al desplazar la luz de la linterna por el terreno descubrí que algo se movía.
Tras decir esto se puso en pie, avanzó unos pasos y se situó junto a las ventanas.
—Estaba ahí —Señaló cuando James se asomó junto a ella—. ¿Ves ese camino de tierra que sale del bosque y llega hasta aquí? Pues lo estaba siguiendo, aproximándose cada vez más.
—¿Quién era? —preguntó impaciente.
—No era nadie, señor Thomas. Cuando lo alumbré vi que algo blanco se había detenido en el camino, era una efigie humana. Aunque ni siquiera podría describirse así, era como pasta blanca, arrugada y alargada.
—¿Cómo si llevara una sábana encima?
—No, no tiene nada que ver. Era más bien como una figura acartonada, como el resultado que se obtiene al secar el papel mojado; rugoso y amorfo —Ellen se llevó la mano a la cabeza a causa de la ansiedad, después se situó un molesto mechón de pelo tras la oreja y finalmente se cruzó de brazos resguardándose del escalofrío que le provocaba aquel recuerdo—. Me quedé paralizada cuando lo vi, intenté asimilar que era aquello que había en mi parcela. Lo miré una y otra vez con la intención de catalogarlo en algún lugar, pero no podía; la figura blanquinosa no tenía extremidades. Por un momento noté algo de humano en él: de sus supuestos hombros, una prolongación ovalada parecía semejarse a una cabeza, sin cuello, sin volumen, era aplanada y arrugada como el resto de su complexión.
—Entonces, fuese lo que fuese… ¿se mantuvo quieto mientras lo iluminabas?
—Sí, pero no por mucho tiempo. Cuando hice un amago para ir a buscar el teléfono y desplacé unos centímetros la linterna de él, comenzó a moverse. Fue horrible, señor Thomas, en cuanto lo hizo intuí un sobrecogedor rostro en aquella cabeza, era una imagen muy difusa, pétrea, como si hubiese impreso el rostro de un retrato antiguo sobre aquello. Dios mío, esa cosa tenía tan poco volumen, era tan delgado, que se balanceaba mientras avanzaba, caminaba torciéndose hacia un lado, lentamente, mientras su cuerpo se contorsionaba con cada pliegue que desplazaba por el suelo.
—Ellen, ¿cómo estás segura de lo que viste? No te ofendas por lo que te digo, pero… ¿no pudo ser una pesadilla?
Tras esas palabras la mujer sonrió con ironía. Cabizbaja se dirigió a la puerta de entrada, y con un «sígueme» lo condujo afuera. Ambos se dirigieron al lateral de la residencia, descendieron unos metros por la pendiente y se situaron frente a una puerta de metal instalada en el muro que nivelaba la casa.
—Aquí es donde escondí a mis perros —dijo, sacando unas llaves de su bolsillo.
Una vez la abrió entraron, y casi al instante un hedor putrefacto asaltó el olfato de James.
—¿Qué es esta peste? —preguntó, llevándose las manos a la boca.
Ellen avanzó unos pasos y presionó un pequeño interruptor instalado en la pared.
—Aún sigues pensando…
Una pequeña bombilla se encendió en el techo alumbrando con luz tenue la enorme caldera que resonaba en toda la habitación, también mostrando una multitud de herramientas de campo, y sobre todo dejando al descubierto los cuerpos despellejados y en carne viva de tres perros muertos.
—¿…que pudo ser un sueño?

El perturbador caso resucitó aquel sentimiento de adrenalina frente a lo desconocido que tantas veces había disfrutado mientras leía todas aquellas revistas. Quizás la causa de su curiosidad se debía a que su imaginación no lograba dibujar en su mente lo que Ellen le había descrito. También resultaba intrigante pensar cómo los perros habían sido asesinados si la puerta estaba cerrada. ¿Acaso se trataba de una presencia fantasmal capaz de atravesar cualquier obstáculo? ¿Por qué cometía esos asesinatos?
A pesar de que su deseo por creer la duda siempre había disipado sus fantasías, necesitaba pruebas, de lo contrario descartaría la existencia de tal suceso. Por esa misma razón decidió visitar a los vecinos de Ellen, aquellos mismos de los que había hablado sin demasiado interés y que parecían haber sufrido un incidente similar. A diferencia de su cliente, la familia Dahmer vivía en una casa destartalada y su jardín se encontraba consumido por las malas hierbas. Una señora mayor, descuidada en cuanto a aspecto y con rostro poco afable, abrió la puerta y preguntó quién era. James se presentó muy cordialmente y para su sorpresa, lo invitó a entrar. Grethel se sentó junto a él en un clásico sofá de estampados granates y le ofreció unas galletas de un tarro de porcelana.
—Cuénteme qué sucedió aquella noche.
—Lo recuerdo como si fuese ayer —dijo la mujer desviando su mirada hacia nada en concreto—. Los gatos pueden ser muy ruidosos cuando están en peligro, ¿sabe? Negrita se había quedado preñada y algunas veces el padre la había acechado a causa de los celos. Los había escuchado pelear en varias ocasiones, pero aquella vez fue distinta.
James asintió con la cabeza, demostrándole que estaba atento a sus palabras.
—Agarré este bastón —dijo, golpeando el extremo contra el suelo— y salí fuera para ahuyentarlo. Busqué a mi gata, pero no la encontré; la llamé por su nombre pero no acudió a mí. Ya no había nadie en el jardín.
La expresión de Grethel decayó aún más, y con ojos tristes observó la fotografía que tenía situada sobre el mueble del comedor.
—La encontré a la mañana siguiente, sin pelo y con el vientre abierto. Habían sacado a todas las crías y las habían despellejado también.
James miró hacia el cuadro que contemplaba y pudo ver a dos personas posando para la cámara junto a ella.
—¿Son su marido y su hijo? —preguntó.
Grethel asintió.
—¿Dónde están? Creía que vivía con ellos.
—Él me dejó hace unas semanas, también se llevó a mi niño.
—Vaya… bueno, se debe sentir un poco sola —supuso James—. Pero se ven de vez en cuando, ¿verdad?
Lamentablemente la señora Dahmer no respondió esta vez, permaneció con la mirada perdida y con su mente en otra parte.

El sol se había ocultado tras las montañas y James decidió pasar la noche vigilando a través de la ventana de la casa de Ellen. En su mano derecha sostenía la linterna que le había prestado, alumbrando con regularidad el exterior mientras permanecía sentado en una incómoda silla. Al principio la demora se hizo amena, ella le daba conversación estirada desde el sofá de la casa mientras observaba los chasquidos de la madera en la chimenea. Sin embargo, al cabo de unas horas se quedó dormida, y James sintió que la noche se desplomaba sobre su espalda. Intentó concentrarse en lo que estaba haciendo y se esforzó por no dejar de alumbrar hacia el oscuro camino de tierra que conducía al bosque; lamentablemente, al cabo de unos minutos de absoluto silencio, el peso de sus párpados pudo con su empeño.
La linterna cayó contra el suelo formando un gran estruendo. James abrió los ojos y, desorientado, descubrió que se había quedado dormido. Inmediatamente la buscó a sus pies y pudo ver que la carcasa se había abierto y que una de las pilas había rodado hasta el sofá. Procurando no formar más escándalo, la recogió con cuidado y, una vez la recompuso, enfocó hacia el exterior de nuevo.
—¡Joder!
De pronto Ellen se desveló a causa del sobresalto.
—¿Qué pasa? —preguntó incorporándose de medio lado.
—He visto algo.
—¿Qué? ¿Qué has visto?
—Había alguien ahí fuera. Acaba de meterse corriendo en el bosque.
—Dios mío, ¿viste lo que era?
—No, estaba demasiado oscuro.
—¿Qué podemos hacer?
—Voy a buscarlo —dijo James, poniéndose en pie.
—¿Qué? ¿Lo dices en serio?
—¿Cómo si no vamos a descubrir lo que está pasando?
—Pero… sabemos que es peligroso, ha matado a mis perros. ¿Estás seguro de lo que haces?
Haciendo caso omiso a su pregunta, James se dirigió con rapidez hacia el dormitorio de invitados en donde había dejado sus pertenencias. De mientras, Ellen, completamente asustada, miró hacia la ventana y se estremeció al presenciar la absoluta negrura que rodeaba la casa. Al cabo de unos segundos James regresó al comedor sosteniendo una videocámara en sus manos.
—¿A dónde vas con eso? —preguntó ella con los nervios a flor de piel.
—Voy a grabarlo todo, necesito demostrar al mundo y a mí mismo que esto realmente está ocurriendo.
—Por favor, llévate algo para protegerte.
—No te preocupes, filmaré y volveré enseguida.
—¿Y yo que tengo que hacer? —preguntó de forma insistente.
—Tú tienes que quedarte aquí hasta que yo vuelva.
Sin nada más que decir, se dirigió a la salida, atravesó la puerta de entrada y con cámara en mano salió al exterior. Una vez fuera el frío de la noche caló sus huesos y el vaho se manifestó en su respiración; en el silencio de la montaña lo primero que pudo escuchar fue el chirrido de los grillos, pero una vez que encendió la linterna también percibió el tétrico canto de un búho lejano. Sin perder un solo segundo más caminó hacia el lateral de la casa, después descendió por la maleza, evitando resbalar a causa de la humedad de la noche, y ya situado en la parte trasera de la residencia echó la vista al primer piso. Como suponía, Ellen se encontraba vigilando a través de la ventana; tan sólo podía vislumbrar su silueta recortada en el fondo del comedor, pero podía intuir la expresión de incertidumbre que debía mostrar su rostro.
James continuó con su trayecto, alcanzó el camino de tierra y descendió hacia la arboleda. Sus pasos se escuchaban en aquel suelo salvaje, sobre la broza se hacían visibles y a medida que se desplazaba temía ser delatado por ellos. La luz de la linterna se plasmaba sobre los troncos de los árboles, deformándose a causa de las protuberancias en la corteza. Podía escuchar el crujir de las ramas, aquellas que no alcanzaba a ver, aquellas que se balanceaban solemnes en la oscuridad. La vegetación desarrollaba con facilidad su imaginación, recreando formas humanas y escalofriantes efigies como la que Ellen le había descrito. Sí, lo asumía, aquel lugar le producía respeto, y los sucesos que le habían explicado durante el día ahora resurgían en su mente sugestionándole.
«Tengo que tranquilizarme», se dijo a sí mismo.
Sin embargo, cuando se dispuso a recobrar la calma, cuando hizo un esfuerzo por no dejarse llevar por el miedo, de repente, un infernal alarido se escuchó desde lo más profundo del bosque. James se detuvo al instante, con los ojos completamente abiertos y con el palpito del corazón resonando en sus oídos. ¿Qué había sido aquello? ¿Acaso también había formado parte de su imaginación?
Un segundo grito respondió a su pregunta, demostrándole de nuevo la seriedad del asunto.
No hubo lugar para más cavilaciones, había decidido que aquel sería el caso definitivo, aquel que determinaría si debía creer en lo desconocido.
James se armó de valor y aceleró sus pasos hacia la fuente de sus temores. Corrió hacia aquellos gritos inhumanos, quejumbrosos chillidos que se repetían una y otra vez encogiéndole el corazón. Necesitaba saber qué era, qué estaba sucediendo, debía descubrir qué de cierto había detrás de aquello. Lo descubrió al alcanzar un pequeño claro en el bosque, un lugar donde un círculo de árboles rodeaba lo que parecía ser los restos de un animal muerto. El cuerpo de un jabalí completamente desangrado y sin pelaje yacía en el suelo, con las patas traseras atadas; junto a él, Grethel permanecía agachada con un machete en su mano.
—¡James! —gritó ella tan sólo al verle.
—¿Grethel? ¿Qué coño está pasando aquí?
Antes de que pudiese recibir una aclaración por su parte, algo cayó sobre la mano con la que sostenía la videocámara, y desconcertado observó que también había salpicado parte del objeto. Acercándoselo a la cara, lo examinó, y completamente horrorizado se percató de que se trataba de sangre.
—¡Salió de mi cabeza! ¡No pude ayudar a mi familia, no pude salvarles!
Alzó sus ojos lentamente, condujo su camino con la luz de la linterna y separó sus labios como un presagio a la sorpresa. El foco de luz se arrastró distorsionándose sobre la costra de los árboles, en dirección a sus copas, perdiendo su intensidad en la lejanía. Fue allí arriba donde la descubrió, bajo un cielo terriblemente estrellado, a unos diez metros de distancia, la brutal escena asaltó todos sus sentidos. Decenas de grotescas pieles se encontraban enrolladas en los troncos de los árboles, extendidas repugnantemente alrededor de la madera y tiñéndola de rojo. La sangre chorreaba aún fresca de uno de ellos, dejándose caer sobre su rostro, derramando por sus labios su vomitiva espesura.
James se deshizo de aquella asquerosidad limpiándose con la manga de la chaqueta, e inmediatamente salió corriendo.
—¡No te vayas, déjame explicártelo!
Con el pulso a cien ascendió por la montaña lo más rápido que pudo. A medida que la linterna bailaba en la oscuridad del bosque, pudo escuchar los amenazantes gritos de Grethel. Podía imaginarla correr tras él, alzando el machete sobre su cabeza, intentando alcanzarle para exponer su piel en aquella perturbadora galería de muerte. Para su suerte, finalmente alcanzó la parcela, y una vez llegó a la puerta, Ellen lo recibió para auxiliarle.
A la mañana siguiente encontraron el cuerpo sin vida de Grethel en su propio domicilio, sobre el sofá de estampados granates, y sosteniendo entre sus brazos la fotografía de su familia. Según les explicaron, se había suicidado seccionándose la garganta con el machete. El detective Fuller también les comentó que en la residencia de la señora Dahmer hallaron todo tipo de material enfermizo relacionado con las ciencias paranormales, lo que confirmaba su desequilibrado estado mental. Las pieles fueron analizadas por el forense y, como supusieron desde un principio, algunas de ellas correspondían a su hijo y marido, desaparecidos desde hacía más de tres semanas.
Por otro lado, James y Ellen decidieron pasar el día alejados lo máximo posible de aquel sitio. Concretamente hicieron un picnic en el parque estatal Haw River, donde también practicaron senderismo y tiro al arco, con el fin de distraerse de lo ocurrido. Aquella sería la última noche que Ellen pasaría en la casa de Reidsville; se lo planteó cuando acontecieron los primeros incidentes, pero después de lo ocurrido decidió llevarlo a cabo. Prefería vivir en una ciudad bulliciosa que aislada de la civilización, donde no necesitaba coger el coche para ir a comprar el pan. «El bosque es un lugar precioso, pero difícil para vivir solo», dijo cuando se lo explicó. Tal era su aversión por aquella casa ahora que le suplicó que se quedase una noche más, no quería volver a estar sola en aquel lugar. James aceptó sin pensárselo dos veces, pero por una razón muy diferente. Su amabilidad se veía justificada por el deseo de confesarle sus sentimientos. James había finiquitado su interés por el mundo de la parapsicología y ahora quería continuar con su vida. En realidad, sentía la necesidad de recuperar el tiempo perdido, un tiempo que tan sólo confirmó lo que desde pequeño había supuesto, que todo era mentira. Ahora quería conducir su existencia a lo común, quería adquirir un trabajo, disfrutar de una relación y formar una familia.

James se despertó de repente en la cama y pestañeó desorientado. Miró a su alrededor y finalmente se situó: se encontraba en el dormitorio de invitados de la casa de Ellen. Con el cabello completamente empapado de sudor, se giró de medio lado e intentó conciliar el sueño; sin embargo, algo lo había desvelado y la razón permanecía en su subconsciente inquietándole. «¿No había sido una pesadilla?», se preguntó desconcertado. ¿Qué lo había despertado?
James miró sobre su cabeza y observó la ventana que daba al exterior. No estaba lloviendo, ni siquiera el viento hacía retumbar el cristal. Entonces, ¿por qué tenía la sensación de que algo había ocurrido? Se detuvo unos segundos más, cerró sus ojos y cuando estuvo a punto de dormirse de nuevo, su cuerpo comenzó a temblar. Lo recordaba, sabía cuál había sido la causa, y cuanto más lo pensaba más real se volvía en sus tímpanos. El sonido de un grito de Ellen había alcanzado su habitación, había retumbado por sus paredes y lo había despertado. Instantáneamente el caso regresó a su mente y puso en duda sus evidencias.
¿Por qué Ellen insistió en que vio algo paranormal? ¿Qué sentido tenía que Grethel cometiera todos aquellos asesinatos?
«¡Salió de mi cabeza! ¡No pude ayudar a mi familia, no pude salvarles!».
James abrió sus ojos con sorpresa al recordar esa frase y en la situación en la que se encontraba cuando la escuchó. Algo no tenía sentido, y la policía lo había pasado por alto. ¿Cómo había logrado Grethel cubrir aquellos troncos con las pieles a más de diez metros de altura? Era prácticamente imposible.
De repente, unos crujidos provenientes del mismo cuarto lo distrajeron de sus pensamientos; eran parecidos al sonido que se obtiene al comprimir una lata de aluminio, pero sin ese eco metálico. James se arrastró entre las sábanas y, asomándose con cuidado, buscó cuál era la causa. El gélido pánico se manifestó en su interior al percibirlo entre la oscuridad: bajo la puerta del dormitorio, en el insignificante espacio que queda entre el suelo y la madera, algo estaba entrando en la habitación. La entidad se filtraba con dificultad mediante convulsiones esporádicas y acompañadas por el escalofriante crepitar que lo había alertado. Podía contemplar cómo, a medida que se deslizaba, también se curvaba, alzándose hacia el techo, adquiriendo aquella forma que Ellen se esforzó en describir. «Así lo había hecho», dedujo él, «así había entrado en el sótano donde escondía a sus perros».
A pesar de sus pensamientos, James se había quedado paralizado, su mente se encontraba demasiado ocupada en asimilar lo que estaba presenciando; resultaba tan surrealista como terriblemente sobrecogedor. Podía ver cómo se formaba, cómo sus pliegues se retorcían sobre sí mismos, contorsionándose y adquiriendo una apariencia semejante a la humana. Sin embargo, lo peor de la situación llegó cuando comenzó a acercarse: fue entonces cuando James reaccionó, incorporándose en la cama. La luz de la luna iluminó su acartonada cabeza cuando se inclinó hacia él, y una vez la dejó al descubierto, James gritó con horror. Lo podía ver con sus ojos, aquello no era un ser etéreo, era completamente palpable, su cuerpo era como el cartón, un aglomerado de todas las pieles que había adquirido durante años, y su rostro era la suma de todas las caras que arrancó de sus víctimas.
«¡James, no te vayas, déjame explicártelo!».
Ahora lo comprendía; mientras cientos de cortes desgarraban la piel de su carne, descifró las palabras de Grethel. Cómo ella misma se había encargado durante semanas de satisfacer al hombre de aglomerado facilitándole animales, con la única intención de alejarlo de la gente y de evitar que sufrieran el mismo destino que su familia.
A pesar del brutal dolor que experimentaba a medida que estaba siendo despellejado, James sintió la satisfacción de finalmente haber encontrado respuestas a su eterna curiosidad, de poder afirmar con seguridad que realmente existía lo paranormal. Lamentablemente nadie jamás lo sabría, porque él ya no viviría el tiempo suficiente para poder explicarlo.


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miércoles, 30 de octubre de 2013

Ceguera

El despertador gritó, molesto e insistente. El hasta hacía medio segundo durmiente sacudió la cabeza, con ese pequeño susto que recibimos al despertarnos, y que se desvanece tan rápido que casi nunca lo percibimos. Todavía en la frontera de la vigilia, estiró la mano y apagó la alarma, y agradeció a varios panteones de Dioses por el maravilloso silencio. Volvió a su posición de feto y pensó el diario “cinco minutitos más”, pero la parte adulta de su cerebro lo obligó a intentar levantarse. Retozó por unos segundos en su cama, regodeándose en el calor casi maternal de las frazadas. Gozó enormemente, bostezó y se estiró hasta el hartazgo. Abrió los ojos y se los restregó un poco, a la vez que bostezaba. Con la oscuridad que reinaba en el cuarto, era prácticamente lo mismo tener los ojos cerrados o abiertos. ¿Prácticamente? Era exactamente lo mismo. El recién despierto cerró y abrió los ojos, viendo exactamente lo mismo: nada. No fue consciente de esto, porque siempre dormía con la ventana cerrada a cal y canto; le disgustaba muchísimo la luz a la mañana. Con una lentitud extrema se levantó, y sufrió un par de escalofríos mientras abandonaba el útero caliente que representaba su cama a esas horas de madrugada. Maquinalmente se dirigió hacia la puerta, esquivando los escasos muebles que había en su camino con la destreza de la costumbre. Su casa estaba perfecta: silenciosa y oscura como una tumba. Siempre bromeaba con que seguramente había sido vampiro en otra vida. Se calzó las pantuflas, y sin prender la luz salió de su habitación. Se dispuso a atravesar el comedor para dirigirse al baño y hacer sus necesidades (a pesar de la incómoda y también diaria erección que tenía). Caminó entre las sillas y la mesa sin ver, y entró al baño, más frío que de costumbre. “bueno, después de todo es invierno” pensó mientras orinaba dificultosamente. Apretó el botón, y el ruido fantasmal del agua yéndose quebró el silencio. Se dio vuelta y se lavó la cara, estremeciéndose cuando sintió el agua fría recorrerle el rostro. Más despejado, notó que aún en el baño seguía sin ver absolutamente nada, como si tuviese los párpados cerrados. Miró hacia donde sabía que estaba la claraboya, pero la negrura era absoluta (¿No tendría que venir algo de luz desde afuera?). Tanteó la pared, recta, esquina, recta, puerta. Volvió la mano por donde había venido, y la bajó instintivamente, adonde sabía -sin saber que sabía – que estaba el interruptor. Oyó el clic y entrecerró los ojos esperando el fuerte golpe de la luz, pero la negrura seguía siendo total. Esperó unos segundos, como no entendiendo, y volvió a poner el botón en “apagado”. Dos segundos más, e intentó encenderla nuevamente, pero con igual resultado: seguía totalmente ciego (mierda, se quemó el foquito). Abandonó el baño, cerrando la puerta tras de él y dirigiéndose hacia el interruptor del comedor, tanteando mesada y pared. Luego de unos segundos, llegó y tocó el botón, pero lo único que cambió en la sala fue el “clic” que rompió el silencio, nada más (¿Yo pagué la luz este mes? Sí, sí, hace una semana). Alternó el interruptor una docena de veces, con frustración, e insultando mentalmente a la compañía de energía eléctrica por el mal servicio que le daban (puta madre, siempre pago en término, te atrasas y ya te cortan el servicio, pero cuando ellos te dejan sin luz está todo bien, claro, hijos de mil put…). Tanteando y con las manos siempre adelante cual ciego primerizo, volvió a su cuarto, y pasó la mano por la mesa de luz hasta encontrar el celular; por lo menos podría usar la pantalla como linterna hasta buscar velas, o algo así. Tocó la pantalla táctil, y está no respondió (¿Le cargué la batería? Sí, algo tiene que tener… roto no creo que esté, lo usé anoche…). Impaciente, tocó un par de veces más, casi clavándole el dedo, pero la pantalla no iluminaba absolutamente nada, y ni siquiera podía ver el celular. Hasta ese momento no se había dado cuenta, pero la oscuridad era tan espesa que no podía ver nada, pero literalmente nada. Colocó su mano a dos centímetros delante de sus ojos, y no podía verla. Nada, nada. (Bueno, no pasa nada. Seguramente el despertador se adelantó y todavía es de noche, por eso no entra luz desde afuera. El celular seguramente está roto, y las luces seguramente no andan porque hubo un corte de luz… si, seguramente es eso. Ni siquiera puedo ver qué hora es en el reloj… esta oscuridad es demasiado… demasiado oscura.) Kevin se sentó en la cama, mirando hacia adelante, pero sin ver nada en realidad. Siempre tanteando, buscó la tira que le permitiría abrir el postigo, para que entre algo de luz, que obviamente tendría que haber. Sintió el ruido del postigo subiendo, pero todo siguió igual de negro. Era, era imposible, siempre algo de luz hay en la calle, por mínima que sea. Sus pupilas estaban dilatadísimas, y podría detectar fácilmente hasta el más mínimo rayo de luz, por débil que fuese. Directamente, no había nada, nada de luz en absoluto. Empezó a preocuparse. Instintivamente, se llevo los dedos hacia los ojos, los cerró y los tocó. Sí, seguían estando ahí, donde debían. Respiró hondo y trató de tranquilizarse, pero simplemente no podía: esta oscuridad no era nada natural, y realmente asustaba hasta la médula. (¿¿Qué carajo está pasando?? Esto no está bien, no está nada bien. No puede ser que no entre luz de afuera… algo, algo tiene que entrar por poco que sea. Encima me siento un poco mal, no tengo que dejar que esto me afecte. Dentro de poco va a volver la luz y va a ser todo normal. Ah, claro, soy un idiota. Si hubo un corte de luz, y hoy hay luna nueva, es obvio que no va a entrar la luz de afuera. Pero, pero algo tendría que entrar, siempre un poquito hay, para por lo menos ver algo, por tenue que sea.) Interrumpió sus pensamientos y decidió ir a la cocina a buscar las velas, que tendrían que estar en la alacena de arriba del lavamanos, si no se equivocaba. Siempre tanteando paredes y muebles, llegó hasta el lavamanos. Extendió la mano hacia arriba y tocó la madera de la alacena. Siguió hasta la derecha, despacio, muy lentamente, hasta encontrar la manija. Abrió la puertita, y metió la mano tanteando. Café (¿Por qué tengo café guardado acá?), un espejo, un termo, un mate, velas. Tomó el paquete, sacó la mano y cerro la alacena en un gesto fluido. Se quedó con las velas en la mano. Acostumbrado a la tecnología, no se dio cuenta de que necesitaba prenderlas por unos segundos. Recorrió la mesada con la mano hasta llegar a la cocina, donde seguramente tenía un encendedor. Pasó los dedos por la hornallas apagadas, el tubo de gas, y de nuevo la mesada, cuando de repente y con un horror indescriptible, sintió que tocaba piel humana, como si fuese un antebrazo. Retiró los dedos instantáneamente, y se fue casi corriendo para atrás, hasta que chocó la espalda contra la mesada, que vista de arriba tenía forma de L. Quebrado del dolor, cayó de rodillas hacia adelante, pero la adrenalina y el miedo que sentía lograron hacerlo levantar en medio segundo. Con el terror gritando en cada fibra de su cuerpo, fue hacia atrás, chocando la espalda nuevamente con una silla, pero ni lo sintió. Finalmente llegó hasta la puerta de entrada, y no dudó en tomar la decisión de salir, a pesar de que ni estaba vestido. Palpó la pared hasta que encontró la puerta de metal, y bajó la mano hasta encontrar el picapor… el picaporte no estaba. Empezó a sudar, y apoyó la espalda –solamente por instinto: no podía ver nada de lo que estaba adelante suyo - contra la puerta, a la vez que seguía tocando para ver si encontraba la manija. Comenzó a temblar: la puerta estaba totalmente lisa, como si fuese un simple adorno de la pared. Donde estaba el picaporte ni siquiera tenía un agujero; la puerta era totalmente uniforme. Lo único que percibían sus sentidos era el ruido de su respiración, rápida, agitada, y el frío de la puerta que tenía a sus espaldas, nada más. Se agachó lentamente y por instinto, y se quedó sentado, moviendo la cabeza hacia todos lados, por la costumbre de poder y la desesperación de querer ver. Pasaron un centenar – o eso le pareció – de minutos, y el todavía seguía en cuclillas. (No toqué nada, fue mi imaginación. Me estoy poniendo nervioso y lo sé perfectamente, es esta maldita oscuridad. Como mucho, debe haber sido un pedazo de carne que deje sin querer, o una bolsa con pan, y como estoy asustado me pareció que era un brazo. Nada más. Nada más.) Siguió pensando, y se dio cuenta de que tendría que ir a buscar el encendedor para poder prender la vela. A pesar de eso, siguió exactamente en el lugar que estaba. No se animaba a levantarse ni a hacer el más mínimo ruido, aunque ya había formado su opinión de que era lo que había pasado. Sin embargo, explicación racional o no, la verdad era que seguía ahí, agazapado, esperando un mínimo ruido para… ¿para hacer qué? (Ay Dios, ay Dios. Mierda, no puede ser, no puede ser, no puede ser. Ya sé que es lo que está pasando: estoy ciego. Seguramente la habitación está plenamente iluminada y soy yo el que no puede ver nada, y las cosas que están pasando son solamente producto de mi imaginación. Ay, no puede ser que me haya quedado ciego así, es imposible, ¡es imposible totalmente!) Lloriqueó patéticamente un rato, al darse cuenta de que se había quedado ciego, y de que estaba haciendo el ridículo. Tantas cosas que no iba a poder hacer nunca más… toda la tragedia se le desnudó de repente, y siguió donde estaba, agazapado. (No puede ser que me pase esto, no a mí. Hasta ayer estaba bien, ¡mierda! Creo que la única manera es prender la vela o el encendedor, para saber si yo estoy ciego o me están pasando una serie de cosas, de accidentes casi imposibles) Se armó de valor, y casi increíblemente para él, se levantó y comenzó a caminar, a ciegas al igual que desde que se levantó de la cama. Dio un par de pasos y ya estaba a punto de llegar a la mesa - de ahí, un par de pasos lo separaban del encendedor – cuando escuchó un sonido tenue, vago, como una respiración. El corazón se le detuvo, y las velas se le cayeron de la mano. Temblaba. Fue solo un momento que lo escuchó, pero la tensión que acumulaba hacia dos horas lo hizo colapsar. Se quedó paralizado, sin moverse ni medio centímetro. Esperaba un golpe, una mordida, algo que lo mate en cualquier momento y desde cualquier, desde cualquier lado. Estaba indefenso totalmente, esperando su muerte. Esperó un minuto. Dos. Tres. Cinco. Ocho. El tiempo se le hizo eterno, pero al fin, y con pavor, escucho un roce, como de pies que se movían con sigilo. Su oído ya estaba muy sensible, por la falta de visión y por el miedo que sentían. El sonido de los ¿pasos? se alejaba en dirección al baño. (¿Qué es lo que está pasando? ¿Hay alguien acá? ¿Qué carajo quiere de mí, por qué no me habla o me mata, que pretende? ¿Estoy ciego y todos estos ruidos son producto de mi imaginación? ¿Hay alguien que está jugando conmigo?) Despacio, casi en cámara lenta, se movió hacia la mesada. Su sentido de la orientación estaba mejorando bastante, ya era capaz de acordarse la posición de cada cosa. Toqueteó la mesada hasta que encontró el encendedor y lo tomó: era la hora de la verdad. Posicionó el pulgar y lo bajó en un movimiento rápido. Sintió el “schic” pero no vio nada, ni siquiera la chispa (Estoy ciego mierda, estoy ciego, mierda mierda mierda mierda). Probó nuevamente, y cayó en la cuenta de que no era el mismo ruido que siempre. Acercó el encendedor a su oído, y pulsó solamente el botón que expulsa el gas, pero le llegó un ruido casi inexistente: el encendedor agonizaba. La única alternativa que le quedaba para conseguir luz se iba y no volvería jamás. Su respiración era cada vez más rápida, y su corazón volaba. Dudaba, dudaba de todo. No sabía qué era lo que estaba pasando, y no tenía forma de saberlo. Siguió tratando obsesivamente de prender el encendedor, sin respuesta (Un momento, ¿por qué no veo la chispa?). Pasaron unos minutos, y no se atrevía a mover de donde estaba. Agradeció al cielo tener los sentidos del tacto y del oído, porque sin ellos ya se abría vuelto completamente loco. Sintió una sed terrible quemándole la garganta, y se movió apenas unos centímetros hasta alcanzar el lavamanos, siempre a ciegas. Abrió la canilla de agua fría, pero el ruido a metal fue lo único que escuchó, en vez del esperado sonido del agua fluyendo. Tocó la canilla del agua caliente, pero tampoco hubo respuesta. (¿Tampoco hay agua? ¡¡¡¿¿¿Qué es lo que está pasando???!!!) Se sentía mal, muy mal. ----------------------- ----------------------------------------------

Se sentía peor. Estaba desesperado y, definitivamente, algo terrible estaba pasando. No tenía salida, estaba totalmente perdido. Lloraba, y ahora sabía que definitivamente alguien o algo estaba en la casa, y estaba jugando con su mente, haciéndolo desesperar para hacer quien sabe qué. Hacía quince minutos que había probado el teléfono. Suele pasar que a veces las ideas más obvias se nos escapan, pero Kevin tuvo suerte – Bueno, relativamente – y se dio cuenta de que podía usar el aparato para llamar a alguien y pedir ayuda. Marcó metódicamente el número de familiares y amigos, pero siempre se escuchaba el “tututututu” tan característico, que indica que el número no está en servicio. Finalmente, y con cierta reticencia a hacer el ridículo, marcó el número de la policía. El alma le volvió al cuerpo cuando escuchó la rutinaria voz de un operador contestándole. - 911 ¿Cuál es su emergencia? -Hola –Respondió Kevin aliviado por escuchar una voz humana pero todavía nervioso-. Creo que hay alguien en mi casa. -Ok, quédese tranquilo y escóndase en donde pueda. -¿Van a mandar una patrulla? -Sí, en estos momentos va a salir una hacia allí, solamente espere y no me cuelgue. Está conversación será grabada por precaución, señor. -Mandela lo más rápido que pueda oficial, estoy muy asustado, en serio. -Sí, se le nota en la voz –repuso el oficial, risueño -. Trate de calmarse y cuénteme que está pasando –Kevin le contó una versión minimizada, mucho más verosímil, y cuando llegó al punto de que no veía ninguna luz, ni la proveniente de afuera, la voz del oficial le respondió, extrañado -. ¿Abrió la persiana y no vio luz afuera? Pero si son las cuatro de la tarde, hombre… Todo el nerviosismo que había logrado ahuyentar volvió en esas dieciséis palabras. Empezó a respirar rápido, como si tuviese un ataque de asma. Sí, entonces estaba ciego y era todo su imaginación, esto lo confirmaba. -Señor, ¿todavía está ahí? –dijo la voz del operador, preocupada-. ¿Señor? -Sí, sí, estoy acá –respondió Kevin, devastado –. Creo que me volví ciego. -Escúcheme atentamente, señor. Hay una forma médica y segura de saber si perdió la visión o no. Si tiene bicarbonato de sodio cerca, échese un poquito en el ojo. Si perdió la visión le va a arder un poco (un poquito apenas, no se preocupe) y si puede ver no le arderá absolutamente nada. Créame, un tío mío lo hizo una vez. Hágalo y vuelva, no colgaré. Estaba desesperado, y el policía habló con total seguridad, así que supuso que tenía razón. Fue hasta la alacena, y sacó lo que supuso era bicarbonato. Dudó un poco, pero decidió probar una pizca y estuvo seguro de que era bicarbonato y no otra cosa. Se echó una pizquita en la mano, abrió el ojo y se lo tiró. El dolor recorrió desde el ojo hasta el cerebro. La cornea le ardía como si se la hubiesen prendido fuego con un soplete, e inmediatamente comenzó a gritar de sufrimiento. Se levantó rápidamente y fue hacia la canilla para enjuagarse, pero otra vez, el grifo se obstinó y no salió ni una gota. Restregándose el ojo, se acercó al teléfono. Tanteó hasta encontrar el cable que salía desde la parte de atrás: estaba arrancado. -Jajajaja, ¡que imbécil! –sonó la voz del operador, burlona-. No puedo creer que lo hayas hecho, en serio. -¿Quién mierda sos, hijo de puta? ¿Qué querés de mí? -Soy tu Dios acá. Soy el que decide como vas a sufrir. Soy el encargado de que sufras. Lo único que quiero es que me temas, y que desees no haber existido. ¿Todavía no te das cuenta de donde estás? –Respondió una voz mucho más grave que la que había escuchado anteriormente – Estoy cerca, muy cerca –en ese momento, Kevin escuchó la puerta del baño cerrarse de un portazo-. Nos vemos pronto, Kevin –hizo una pausa -. Bueno, yo te veré a ti solamente. Suerte con tu ojo.

Ahora, estaba recostado en el suelo en posición fetal, agitado y lloroso. Cada vez se escuchaban más ruidos en la casa. Sillas que se caían, puertas que se cerraban, pasos y respiraciones agitadas, cada vez más cerca. Sentía como su cordura se escapaba. Por Dios, si por lo menos tuviese una luz, y pudiese ver un objeto, ver cualquier cosa, lo que sea. Pero quizá… quizá era mejor, porque no sabía que podía llegar a ver si tuviese luz. Por lo menos, el tormento se limitaba a la incertidumbre, al sonido y al horrendo dolor en el ojo. (¿Estoy enloqueciendo? Ya no puedo más, Dios, ayúdame por favor, ayúdame.) Rezó apenas audiblemente. Había dicho un par de palabras cuando una voz lúgubre llenó la casa, quitándole la poquísima esperanza que aún tenía Kevin. <<“¿A quién le rezas? Dios no te va a escuchar aqui. ¿Por qué no te tanteas el brazo izquierdo, a ver que encontrás, Kevin?”>> Aterrorizado, comenzó a tocar su brazo menos hábil desde el codo. Despacio fue subiendo hasta la mano, y antes de llegar a la muñeca sintió una ondulación como una cicatriz, que iba en diagonal pasando por la vena. <<“Así es Kevin. Te suicidaste hace mucho, mucho tiempo. Este es el castigo que se les da a los suicidas aqui. Desde que llegaste me divierto viéndote sufrir lo mismo día, tras día, tras día. Es muy divertido ver como reaccionas: una vez hasta me hiciste frente. Pero aquí no hay salvación posible. Cuando te duermas te vas a olvidar de todo esto, y a los pocos segundos te vas a despertar y vas a sufrir exactamente lo mismo, pero sin recordar nada: no hay mayor terror que el de lo desconocido. Tenés que pagar tu pecado y estás condenado. Sufrís ahora, y vas a seguir sufriendo por los siglos de los siglos. Amén”>> Cuando terminó de escuchar esto, Kevin sintió como su cordura se partía en cientos de pedazos. Escuchó amén, y comenzó a reír histéricamente, mientras proseguía el castigo por su rebeldía. Desde ninguna parte, otra risa lo acompañaba, lúgubre y malvada.

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El doctor Steiner sonrió y miró a su colega Haupmann. -Hicimos bien nuestro trabajo, colega. El general estará más que satisfecho con esta nueva cámara de tortura. Cronometre el tiempo que tarda en quebrarse y mande un equipo de limpieza. Apagó las luces del cuarto de supervisión. Dejó a su compañero a cargo de manejar los ruidos y se fue. A pocos metros, Kevin, el sujeto de pruebas número 27, se suicidaba preso de la locura.