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miércoles, 27 de agosto de 2014

No le preguntes a Jack

NADIE sabía de dónde había salido aquel juguete, ni quién sería el bisabuelo o tía lejana que había jugado con él por primera vez, antes de pasar a formar parte del paisaje del cuarto de juegos.
Era una caja de madera, tallada con adornos dorados y rojos. Sin duda, era muy bonita, o eso decían los mayores, y bastante valiosa —incluso podría considerarse una pieza de anticuario—. Por desgracia, la cerradura estaba oxidada y atascada, y la llave se había perdido hacía tiempo, de modo que Jack, el bufón, había quedado atrapado dentro. Aun así, la caja sorpresa llamaba la atención, con sus vistosos adornos tallados en rojo y oro.
Los niños no solían jugar con ella. Estaba guardada en el fondo del inmenso baúl de madera donde se guardaban los juguetes, que era tan grande y antiguo como un cofre pirata —o al menos eso pensaban los pequeños—. La caja de sorpresa estaba enterrada bajo un montón de muñecas, trenes, payasos, estrellas de papel, viejos juegos de magia y mutiladas marionetas cuyos hilos eran ya imposibles de desenredar, disfraces (un harapiento vestido de novia del tiempo de Maricastaña por aquí, un raído sombrero de copa por allá), bisutería de juguete, aros rotos, peonzas y caballitos de cartón. Debajo de todos aquellos viejos juguetes estaba la caja de Jack.
Los niños no solían jugar con ella. Murmuraban entre ellos, a solas, en el cuarto de juegos situado en el ático. En los días grises, cuando el viento aullaba en torno a la casa y la lluvia repiqueteaba sobre el tejado de pizarra y se deslizaba por los aleros, se contaban unos a otros historias sobre Jack, aunque en realidad no lo habían visto nunca. Uno afirmaba que Jack era un malvado brujo y que había sido encerrado en aquella caja como castigo por sus espantosos crímenes; otro (con seguridad, una de las niñas) aseguraba que la caja en la que estaba encerrado Jack era la Caja de Pandora y que la habían colocado allí para vigilar, para evitar que todos los males que contenía volvieran a salir de ella. Preferían no tocar siquiera la caja, si podían evitarlo, aunque si algún adulto reparaba en la ausencia de la vieja caja sorpresa —y de vez en cuando sucedía—, y la sacaba del baúl para colocarla en la repisa de la chimenea, los niños se armaban de valor, la cogían y volvían a depositarla en el fondo del baúl.
Los niños no solían jugar con la caja sorpresa. Y cuando se hicieron mayores y abandonaron la vieja casa, el cuarto de juegos quedó cerrado y prácticamente olvidado.
Prácticamente, pero no del todo. Pues todos los niños, cada uno por separado, tenían recuerdos de haber subido alguna vez al cuarto de juego a mitad de la noche, a la luz de la luna llena, con los pies descalzos. Era casi como andar sonámbulo, subiendo sigilosamente por las escaleras y avanzando por la raída alfombra del cuarto de juegos. Recordaban cómo habían abierto el baúl, rebuscando por entre las muñecas y los disfraces para, finalmente, sacar la caja sorpresa.
Entonces, el niño tocaba la cerradura, la tapa se abría lentamente y la música comenzaba a sonar, con Jack saliendo de su caja. No saltaba o se balanceaba, como suele pasar con los muñecos de las cajas sorpresa. Salía de la caja despacio y se quedaba mirando fijamente al niño, haciéndole señas para que se acercara un poco más y, entonces, y solo entonces, sonreía.
Y allí, a la luz de la luna, le contaba al niño cosas que después era incapaz de recordar con claridad, pero que tampoco conseguía olvidar del todo.
El mayor de los niños murió en la Primera Guerra Mundial. El más joven heredó la casa cuando fallecieron sus padres, aunque lo desposeyeron de ella tras sorprenderle en el sótano con un bidón de queroseno, trapos y cerillas, dispuesto a prenderle fuego. Se lo llevaron a un manicomio y es posible que aún siga allí encerrado.
Las niñas, convertidas ya en mujeres, no quisieron regresar a la casa en la que se habían criado; clavaron tablas de madera en las ventanas, cerraron todas las puertas con una inmensa llave de hierro. Las hermanas terminaron visitándola con la misma frecuencia con la que visitaban la tumba de su hermano mayor, o al pobre desgraciado que una vez fuera su hermano pequeño; es decir, nunca.
Han pasado ya muchos años y aquellas niñas son ya mujeres ancianas. Búhos y murciélagos se han adueñado del antiguo cuarto de juegos, las ratas han anidado entre los viejos juguetes que quedaron allí olvidados. Las alimañas miran sin ver los desvaídos dibujos del empapelado, y ensucian la harapienta alfombra con sus excrementos.
Y en la caja que descansa en el fondo del baúl, Jack con todos sus secretos, espera y sonríe. Espera a los niños.
Y esperará todo el tiempo que sea necesario.


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domingo, 10 de agosto de 2014

La pascualita

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La novia más bella de Chihuahua

Paseando por las calles de Chihuahua uno quizás pierda la noción del tiempo y ni tan siquiera se percate de que el Sol ya se ha escondido y de que las ajetreadas y transitadas calles van quedando ya solitarias, mientras se escuchan los estridentes chirridos del bajar de persianas de los últimos comercios que van cerrando sus puertas.
Quizás, y solo quizás, nuestros errantes pasos nos lleven hasta la Avenida Ocampo donde la luz brillante de un escaparate, esquina con la calle Victoria,  atraiga nuestra atención y nos invite a averiguar lo que allí se expone. Es posible que, al descubrir tras el cristal a un maniquí vestido de novia, una extraña sensación nos invada y nos quedemos contemplando durante largo tiempo hasta el más mínimo detalle de sus facciones. Puede pasar que, mientras observamos los detallados surcos que recorren sus manos, nos parezca ver por el rabillo del ojo un movimiento sutil de su cabeza.
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Con toda seguridad alzaremos la vista rápidamente y tras dudar unos segundos, sonreiremos imaginando que todo ha sido fruto de nuestra imaginación y emprenderemos de nuevo nuestro camino. Puede ser que esa misma noche, al acostarnos y volver a recordar lo sucedido, nos vuelvan a asaltar las dudas y nos sorprendamos al recordar que al marcharnos de allí el maniquí sonreía, cosa que no hacía cuando llegamos.
Es posible que al día siguiente, todavía con esa mirada de cristal en nuestras retinas, le contemos lo sucedido al camarero del bar de la esquina mientras nos sirve el primer café de la mañana y este, mientras nos da una palmada en el hombro nos felicite y nos diga:
-          Vaya, eres un hombre con suerte. No ha todo el mundo le sonríe la Pascualita.
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La leyenda de Pascualita o “la Chonita”, se ha ganado con el paso de las décadas el estar en los primeros puestos del imaginario colectivo y  legendario de México. Como toda buena leyenda que se precie, su origen es un tanto confuso y sus ramificaciones son muchas y variadas.
En su base, podemos contar que Pascualita está en el aparador de “La Popular” (que se considera la mejor tienda de vestidos de novia de Chihuahua), desde el 25 de marzo de 1930. El maniquí fue traído de Francia, comprado por la dueña del negocio, la señora Pascualita Esparza Perales de Pérez. Desde el primer día, todo aquel que pasaba ante el aparador de La Popular se quedaba maravillado por la belleza del maniquí, que no tardó en tener nombre propio. La dueña la nombró Chonita, porque había llegado a la tienda el día de la encarnación, pero el populacho tenía más fuerza y acabó por ser conocida por el nombre de su dueña, Pascualita (se puede leer que el maniquí tenía un gran parecido con su dueña, y de ahí el apodo). La cuestión es que el maniquí se convirtió en una especie de ícono, teniendo en cuenta que los maniquíes de la época poco o nada tenían que ver con éste, realizado con sumo cuidado con cera, ojos de cristal y pelo de verdad insertado de forma artesanal. No es de extrañar que se le otorgara el título de la Novia más bonita de Chihuahua, título que continúa ostentando hoy en día.
Hasta aquí, todo entra dentro de lo normal y lógico, pero en algún momento inconcreto que podríamos situar en la década de los sesenta, comienzan a circular rumores en Chihuahua sobre Pascualita que van más allá de su belleza cerúlea. Unos dicen que la han visto moverse, otros que mientras la contemplaban ella sonrió e incluso se escuchan rumores de que durante la noche, Pascualita baja de su peana y se pasea por el interior de la tienda, quizás buscando vestidos más bonitos que lucir.
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Estos rumores van a más cuando fallece su dueña, en 1967. Entonces son muchos los que aseguran que su espíritu queda encerrado en su querido maniquí y allí sigue desde entonces, mostrándose solo en contadas y sutiles ocasiones. Lejos de caer en el olvido, la leyenda de Pascualita continúa tan viva como el primer día y los reportes de gente que asegura ver sus gestos y sus movimientos continúa hoy en día.
Una mujer recibió un balazo en la calle justo delante de ella, y aseguró que fue ella, Pascualita, la que la salvó de la muerte, y como agradecimiento le enciende velas periódicamente desde entonces. Otros, enamorados quizás del maniquí, contratan a músicos para que la ronden y no se sienta sola…
Otra versión de la leyenda, no menos interesante, cuenta que la hija de Pascualita falleció el día de la boda justo cuando se encontraba ante el altar y que la madre, dolida y apenada por la pérdida, decidió embalsamar el cadáver, vestirlo de novia y tenerlo siempre junto a ella. Esta versión es poco creíble, no sólo por el hecho del embalsamamiento sino porque, al parecer, Pascualita solo tuvo un hijo y fue niño.
El maniquí, que en sus mejores tiempos llegaba a congregar a grandes cantidades de público ante la tienda, parece que también fue revisado por las autoridades, supongo que por aquello de la ilegalidad de tener a un muerto en un escaparate y el veredicto fue negativo, cera y plástico.
Fuere como fuere, la cuestión es que todos los dueños de “La Popular” han guardado celosamente el secreto de su maniquí Pascualita, y que el único milagro comprobado son los beneficios que desde hace muchas décadas le ha reportado ya que el vestido más vendido de la tienda siempre es el que luce Pascualita, pues se dice que la novia que se casa con ese vestido tiene asegurado un porvenir feliz y sin apuros.

lunes, 27 de enero de 2014

La marioneta

Cuando yo era niña por problemas económicos mi familia y yo tuvimos que mudarnos de nuestra casa a un piso de alquiler, eran malos tiempos tenia aproximadamente unos 13 ó 14 años. Por aquel entonces una tía de mi abuela a la que quería como si fuese mi tía falleció de un cáncer a la edad de 83 u 84 años, lo pasé mal porque no es la primera vez que alguien fallece de cáncer en mi familia. Yo soy de un pueblo de Alicante y mi familia materna es de Zaragoza, imagínate el caos de una mudanza, y todo lo que conlleva. Mi tía y mi madre fueron a Zaragoza, empaquetaron las cosas y volvieron. Mi tía fallecida se llamaba Carmen, siempre tenía muchos muñecos y juguetes antiguos...

Cuando llegaron mi madre y mi tía nos llamaron a los pequeños para coger los juguetes y entre todos había una marioneta recuerdo que era un payaso en un columpio, muy real. Yo siempre he sido reacia a tener esa clase de muñecos, pero no sé cómo acabé con él en mi cuarto. Desde que lo metí en mi cuarto me daba miedo estar en él , no estaba cómoda e inclusive mi perra Lana no entraba en la habitación sin mí, cuando eso jamás la había hecho. Mis padres me llevaron a un psicólogo por mi cambio de actitud, no dormía bien, los estudios empeoraban. El psicólogo dijo que era una forma de llamar la atención. Pasaron 6 meses desde que tenía ese muñeco y 4 desde lo del psicólogo, pero nada, no mejoraba.

Un día por la tarde, una leja que tenía encima de mi cabecero se cayó por el peso de los libros que tenía (enciclopedia, libros de medicina, libros de lectura rápida...) ya que por las noches no dormía bien me dedicaba a leer, con casi los 14 solía dormir 5 horas diarias, libros papeles por el suelo... recogí los libros pero no sé porqué dejé los papeles tirados por el suelo, era como si tuviera que hacerlo. Tenía justo al lado de la puerta un sillón pequeño de esos a los que llaman mariantonietas o lago así, cogí el muñeco, lo senté y puse toda la enciclopedia encima de sus piernas, unos 14 tomos. Atrapé el muñeco bajo una tonelada de papel . Aquel día a eso de la 9 de la noche me dio mucho sueño, cogí a mi perra y me fui a la cama, ya que ella dormía conmigo; me quedé dormida casi tocando la cama.

Entonces me despierto escuchando unas pisadas sobre los papeles que había dejado, pensé que había sido mi perra, y me doy cuenta de que la tengo justo al lado, ya que ella dormía como una persona, con la cabeza apoyada en la almohada. Me quedé helada, me daba miedo estirar la mano para encender la luz, lo único que hacía era abrazar a mi perra contra mi pecho.

Entonces las pisadas cesaron justo al lado de mi cama (lo estoy recordando y el corazón comienza acelerarse y siento una presión grande). Estaba que casi no respiraba, y fue cuando algo me cogió con fuerza del muslo, por encima de la rodilla en el lateral; era como una mano o pinza pequeña pero con mucha fuerza, me hacía daño . No me lo pensé dos veces, cogí a mi perra en brazos, de un salto me incorporé y salí a oscuras de mi cuarto. Mi cuarto estaba enfrente del de mis padres. Me di de bruces con la puerta cerrada de su cuarto, giré y vi luz en el salón. Corrí hacia allí con la cara llena de sangre por el golpe que me había dado. Mi madre se asustó por el ruido que hice y por mi cara ensangrentada, más pálida de lo que soy por naturaleza . Me sentó, me limpió la cara.

Me preguntó qué había pasado yo le conté lo que pasó, nos dirigimos a mi cuarto encendiendo todas las luces y entrando en el cuarto de mis hermanos por si había sido una broma suya. Estaban dormidos plácidamente. Cuando llegamos a mi habitación lo que vi me dejó la sangre helada , el muñeco que dejé sentado en el sillón, estaba apoyado en el lateral de la cama, con el brazo enganchado en la sábana, estaba colgando, no lo podía creer. Yo juré y mantuve que lo dejé en el sillón, pero mi madre pensaba que estaba en la cama y del susto quedo así. Aquella noche dormí en la cama con mi madre y mi perra, con la puerta de su cuarto cerrada y la del mío también, mi padre durmió en el sofá.

Desde aquel día el muñeco me daba mucho más miedo que antes, lo tuve encerrado en el armario empotrado de mi cuarto hasta que empecé a escuchar ruidos del armario, siempre por la noche , el armario sólo tenía una barra para colgar ropa, y se escuchaba cómo alguien andaba sobre el suelo, arañaba las puertas y rozaba las paredes (eso lo sé por mi hermano que dormía al lado y siempre que estudiaba por la noche o venía de fiesta, decía que entraba a mi cuarto por los ruidos que hacía en mi cuarto). Después lo llevé a un armario del cuarto de baño y lo dejé encerrado allí durante mucho tiempo, hasta que nos volvimos a mudar a mi casa de hoy.

Abandoné el muñeco en el armario empotrado de esa casa, con la esperanza de que los nuevos inquilinos se deshicieran de ese muñeco ya que yo no podía, mi madre no me dejaba, por los recuerdos sentimentales del muñeco. Aun tengo pesadillas por las noches nunca olvidare esa marioneta