lunes, 4 de noviembre de 2013

Espejos empañados

¿Por qué cuando estamos solos y cualquier espejo de la casa se empaña, nos apresuramos a limpiarlo con la mano? ¿Alguien se lo ha preguntado alguna vez?

Probablemente no. Se ha convertido en un acto reflejo tan arraigado en nuestras costumbres, que ni siquiera nos detenemos a meditar acerca de este acto de supervivencia, que se remonta a las primeras épocas en las cuales el ser humano necesitaba estar alerta de todo lo que le rodeaba en su medio ambiente; ahora bien, retomando la realidad detrás de algo que pudiera parecer cómico e incluso insulso, tal vez hasta aburrido o simplista dependiendo de quién lo esté leyendo, podría suponerse que detrás de esto no hay nada más que un simple movimiento reflejo, ¿verdad?

Desgraciadamente no es así.

Detente a pensar. ¿Qué hace la diferencia de que en la soledad de nuestro hogar o del baño de un hotel realicemos tal acción, a veces con prisa, hasta asegurarnos de que no volverá a ensombrecerse nuestra visión de lo reflejado; no obstante, cuando estamos en compañía o como mínimo escuchamos los sonidos de la vida a nuestro alrededor, nos remitimos a simplemente hacer unos cuantos garabatos en la superficie

Tú lo sabes, pero no lo quieres pensar siquiera. Sabes por qué cuando entre la regadera y en la bruma del agua caliente no hay un espejo cerca, sientes la necesidad de estar observando los alrededores, incluso mientras meditas bajo las gotas de agua para asegurarte de que continúas a solas. En medio del único sonido del agua y tu propia respiración, sin esperar nada. Normalmente estarías atento a cualquier ruido, hasta que algo fuera de lo común, algo extraño que, a pesar de los sonidos de tu ducha, pudieses oír, algo que te hiciese saltar de terror.

Como «supuestamente» estás desacompañado, mueves rápidamente tus ojos tratando de distinguir la más mínima sombra o movimiento, que te haga salir corriendo o encogerte en una esquina para esperar tu trágico final.

Muy en el fondo, el instinto primitivo de estar prevenido te dice que cuando tienes un espejo cerca, éste debe encontrarse completamente
despejado, permitiéndote ver siempre los alrededores para confirmar tu soledad.

Desde el inicio de los tiempos, cuando el ser humano se mantenía a una distancia prudente del reflejo de las aguas, pero siempre cerca para ver el reflejo de sus alrededores, se ha tenido la certeza del porqué de esta necesidad.

Tal vez tu mente de ser humano «civilizado» se niegue a reconocerlo, pero le es imposible negarlo cuando, en medio de tu tranquila ducha, te das la vuelta y las imágenes se han vuelto borrosas, como una bruma que te impide ver el límite de tu zona segura, y te apresuras a limpiarlo para dejarlo como estaba antes.

Tal vez no deberías hacerlo tan rápido.

Ahora que estás leyendo esto, la próxima vez que sientas que algo no está bien, que un leve crujido ha resonado en las sombras de alguna esquina detrás del cesto de ropa usada o de las cortinas o las toallas y haya un espejo que ha sido empañado por los vapores de la calidez del agua, simplemente no lo limpies.

Ton solo sal de la habitación pretendiendo que todo siga como siempre. Sal a dar una vuelta. Invita a un amigo a quedarse contigo o a visitarte hasta que el ambiente en tu hogar vuelva a ser el de siempre. Deja que el espejo se aclare a solas, eso les dará tiempo de ocultarse nuevamente y tú te evitarás cualquier asunto desagradable que te impida estar en paz por el resto de tu vida.

Después de todo, lo presientes cada vez que estás limpiando el vapor de la superficie y tienes el alma en un hilo, asegurándote en voz alta que cuando el espejo recupere su reflejo, sólo te verás a ti; aun cuando el miedo de encontrar la sombra de algo cerca de tu cuerpo o percibir un rostro asomado sobre tu hombro mientras tu mano limpia lenta y estáticamente el cristal, del cuál caen las gotas otrora cálidas mientras su rostro agarrota y congela tus sentidos.

Recuerda, una vez que los sientas, NO LIMPIES EL VAPOR DEL ESPEJO.

Cualquier persona en sus cinco sentidos que

CUALQUIER historia de espíritus,

perfectamente que no les gusta

descubiertos mientras te están observando.

Mentirosos

Había una vez un joven que vivía en nuestro vecindario llamado Jimmy, que fue acogido por ser un chico seguro y divertido; pero su boca frecuentemente lo solía meter en varios problemas, y nunca aprendía la lección. Cuando la gente le preguntaba por su conducta y sus bromas, él siempre sonreía, y decía, “La honestidad es la mejor política, al menos ellos no me ocultan nada mí, ni yo les oculto nada a ellos”.

Un día, uno de los chicos que se enfadaba constantemente por las bromas pesadas de Jimmy reunió a un grupo de amigos suyos a los que tampoco les agradaba Jimmy, y lo acorralaron en el laboratorio de ciencias.

Brett, el cabecilla del grupo, le dijo mientras lo miraba con su cara amenazadora: “Tu boca te metió en esto… recuérdalo”. Cogió un bote de ácido sulfúrico de un estante del laboratorio y se lo arrojó en la cara. Se le quedaron viendo mientras Jimmy gritaba de dolor y el ácido derretía lentamente su cara, antes de mofarse de él y salir corriendo fingiendo estar alarmados y buscando ayuda.

Cuando la ambulancia llegó y atendieron a Jimmy, el director preguntó al resto de los adolescentes si sabían lo que pasó. Brett explicó que pasaron por el salón y vieron a Jimmy merodear por la sala del laboratorio, y que, para el momento en que entraron, ya estaba en ese estado. Los otros miembros del grupo se unieron y respaldaron a Brett con otros datos falsos; Jimmy trató de protestar, pero su terrible agonía lo mantuvo callado. El director asintió y dijo que iba a hablar con ellos después de que escuchase la versión de Jimmy, una vez que le dieran de alta.

Pasaron los días y Jimmy permaneció en la unidad de cuidados intensivos. Los médicos se esforzaban por salvar lo poco que quedaba de su rostro; su visión seguía intacta en uno de sus ojos y su mandíbula seguía resistiendo a pesar de la pérdida de carne. Aún era incapaz de hablar, sólo se quedaba sentado en la camilla del hospital todo el día, mirando al techo con sus ojos sin pestañear, inyectados en sangre y llenos de resentimiento.

Cuando salió del hospital, tiempo después, nunca respondía a lo que se le decía con otra cosa que la palabra “mentirosos”. Su vida social se esfumó por completo; incapaz de sonreír o incluso de hacer una broma inocente, se recluyó en su habitación y comenzó a planear. Pensamientos vengativos y enfermizos empezaron a irrumpir en su mente, se vengaría de todos, uno por uno, los diezmaría, los cortaría en rodajas y quemaría sus restos. Esperó pacientemente hasta que el grupo fuese vulnerable, por la noche, cuando se despidieran entre sí y cada uno partiera a su casa. Entonces atacaría.

Ese fin de semana, Brett recibió un paquete por correo. Curioso, lo abrió y encontró una cinta de video que tenía escritas las palabras “Para ti” en la parte frontal. La colocó en el reproductor y se puso a verla.

Era un video casero grabado por alguien desconocido que no habló en lo absoluto durante toda la película. En el inicio, la cámara apuntaba a la fecha de un periódico, era de ayer. Mientras la cámara se alejaba, se podía ver que estaba en un sótano. En medio de la sala colgaba una bombilla que iluminaba una parte del cuarto, y debajo de ella, delante de la cámara, con sus manos sobre las rodillas, se encontraba uno de los amigos de Brett. Estaba desnudo, con una venda sucia alrededor de su cara y una mordaza en su boca. Su cuerpo estaba cubierto de sangre, quemaduras desagradables, moretones y cortes.

El camarógrafo retiró la mordaza de la boca del niño llorando y éste le suplicó de inmediato que lo llevara a casa: “Por favor, POR FAVOR déjame ir… yo… ¡hice lo que querías! Oh Dios… Jesse, Mike, Keith… ¡Tú me has hecho un puto carnicero! Sólo… me quiero ir a casa… por favor”, repetía una y otra y otra vez, balanceándose de atrás hacia adelante.

Las piernas de Brett comenzaron a temblar y sintió la bilis en su estómago, podía ver los cuerpos quemados y mutilados en el fondo del cuarto. Los cuerpos de sus amigos.

El camarógrafo se acercó a la barbilla del chico y la levantó, alentándolo a ponerse de pie. Luego, lo puso de espaldas a la cámara. Tenía una herida más grande que las anteriores, formando la palabra “MENTIROSOS”. El camarógrafo se lo llevó hacia una puerta fuera de la pantalla y la cámara se apagó…

Cuando se inició de nuevo, ya no estaban en la casa, estaban en las afueras de un bosque espeso cubierto por una densa capa de nieve, y ya no parecía ser el mismo hombre el que sostenía la cámara. Era el amigo de Brett, que temblaba y murmuraba algo mientras sostenía la cámara por 30 segundos, apuntando en dirección a unos árboles en la distancia.

Se escucharon pisadas acercándose. El niño empezó a gritar y llorar en lo que el sonido de las pisadas sobre la nieve se hacía audible desde aparentemente todos los ángulos.

Se detuvo.

Él se volteó rápidamente encontrándose con la cara destrozada de Jimmy; un terrible alarido estalló por los parlantes y la palabra “MENTIROSOS” apareció antes de que la cinta se interrumpiera abruptamente.

Brett sentía que se iba a desmayar. Aseguró la puerta de su entrada, sabiendo lo que le esperaba. Justo al voltearse para salir corriendo, chocó con algo y cayó de espaldas contra el suelo.

De golpe, sintió cómo el ácido era derramado lentamente sobre su cara. Lo último que llegó a ver y escuchar fue la palabra “mentirosos”, y la cara de Jimmy, deformándose en una sonrisa enfermiza…

jueves, 31 de octubre de 2013

El payaso en la ventana

Mi nombre es Alex Pierce. Esta historia ocurrió en 1992, cuando tenía unos 11 años de edad. Vivíamos en 18.970 Bechard Place en Cerritos, CA, en una casa de dos pisos de dos niveles donde yo y mi hermano (Dylan) dormíamos en las habitaciones de arriba. Mi hermano era conocido por su gran imaginación y que constantemente inventar historias, pero en realidad estaba durmiendo cuando ocurrió este incidente en particular.

Antes de entrar en detalles explicaré lo que pasó esa noche, te diré que mi hermano en realidad afirmaba; que no tenía un "payaso" amigo imaginario y constantemente se refería a él como si fuera un humano real, incluso ofreciéndole comida en la cena. Normalmente me pareció como un mero gesto infantil a mi y mi madre.

7 de febrero-Viernes

Mi hermano me despertó en medio de la noche, alegando que un payaso estaba "jugando al escondite" con él desde la ventana de su dormitorio y me dijo que era "más divertido con más gente". No tenía ni idea de lo que estaba hablando y estaba sinceramente asustado, pero yo sostuve su mano, encendí las luces, y entré en su dormitorio.

"¡Mira!" -exclamó, señalando a la ventana. "Es el payaso!"

Él se quedó allí, apuntando, riendo, pero yo estaba completamente estupefacto.Nadie estaba en la ventana y, aún cuando afirmó el payaso estaba hablando, yo no podía oír nada. Supuse que no era más que un sueño, hablando y le hizo señas a la cama, asegurándole que no había nadie allí.

Poco más de media hora más tarde, entró en mi habitación y se quedó en la puerta sin moverse. Cuando le pregunté el porqué, saltó hacia atrás y afirmó una vez más que un payaso estaba en la ventana y que necesitaba mi ayuda, porque al parecer no lo dejaba en paz. En este punto, yo estaba un poco más molesto que asustado.

Entré en su habitación de nuevo y dije de broma ,"Vete!no eres querido aquí, payaso !"

De repente, sin embargo, hubo un fuerte golpe en la ventana, que hizo saltar a mi hermano. Los dos nos apresuramos a bajar la escalera,y el estruendo continuó. Por nuestras voces asustadas, de repente se despertó mi madre, que se sentó en la cama cuando los dos entramos en la puerta del dormitorio.

"¿Qué pasa?" -preguntó con nerviosismo.

Los dos tratamos de explicar el incidente, pero estábamos sin aliento y demasiado asustados para hablar coherentemente. En cambio, la arrastramos por la habitación y exigimos que vieniese arriba con nosotros.

Para entonces, sin embargo, los golpes ya había terminado. Los dos explicamos lo que había sucedido en este punto y puso una expresión de preocupación . Ella nos explicó que cuando tenía nuestra edad, sus hermanas mayores le retaron una a bajar al sótano. Entonces ella gritó de pánico y se desmayó en el suelo, un payaso apareció de repente, mirandola a ella desde una ventana lateral, y comenzó a murmurar en voz baja.

Los escalofríos me atravesaron mientras ella nos contaba su encuentro y, para ser honesto, esta fue la primera vez que he tenido tanto miedo sin esperanza. Salimos poco después y nunca he tenido ningún incidente desde entonces, pero los dos estábamos en estado de shock

La casa en el bosque

Un hombre fue de visita a otro pueblo, y para devolverse, tuvo que caminar por el bosque. Como no conocía bien aquellos lugares, se perdió entre la maleza. El hombre estaba muy preocupado porque ya se iba a hacer de noche, entonces, encontró un claro y en él, una casita de madera. Tocó a la casa, pero nadie salió a abrirle; entonces forzó la puerta, resultando esta abierta. La casa era de un solo cuarto, con extraños retratos de gente que parecía verlo con una horrible mirada; todos los retratos parecían haber sido tomados en ese mismo bosque. El hombre fue rápido a la cama y se tapó para no ver los retratos que cada vez parecían más estarlo viendo. A la mañana siguiente, al hombre le dio curiosidad de ver si los retratos se veían igual de feos a la luz del día, pero resultó que en la casa no había ni un solo retrato, sino muchas ventanas al exterior.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Smiley

Smiley es una leyenda urbana que tras unos meses de su aparición en el pasado cayó en el olvido.

En Latinoamérica es llamado Reilón o Risón aunque en España y el resto de países se llama Smiley.

Básicamente consiste en que si estás en una red social con una cámara como chatroulette y escribes a tu compañero la frase "I did it for the lulz" (lulz es lols pero de manera cordial u ordinaria) que significa "Lo hice por las risas" tres veces, un hombre con la cara cosida como una sonrisa, sin ojos, asesinará al compañero que tengas en ese momento y te saludará aún con el cadáver de la otra persona ahí. Tras eso cerrará el portátil o apagará la pantalla del ordenador y desaparecerá sin dejar rastro.

Ceguera

El despertador gritó, molesto e insistente. El hasta hacía medio segundo durmiente sacudió la cabeza, con ese pequeño susto que recibimos al despertarnos, y que se desvanece tan rápido que casi nunca lo percibimos. Todavía en la frontera de la vigilia, estiró la mano y apagó la alarma, y agradeció a varios panteones de Dioses por el maravilloso silencio. Volvió a su posición de feto y pensó el diario “cinco minutitos más”, pero la parte adulta de su cerebro lo obligó a intentar levantarse. Retozó por unos segundos en su cama, regodeándose en el calor casi maternal de las frazadas. Gozó enormemente, bostezó y se estiró hasta el hartazgo. Abrió los ojos y se los restregó un poco, a la vez que bostezaba. Con la oscuridad que reinaba en el cuarto, era prácticamente lo mismo tener los ojos cerrados o abiertos. ¿Prácticamente? Era exactamente lo mismo. El recién despierto cerró y abrió los ojos, viendo exactamente lo mismo: nada. No fue consciente de esto, porque siempre dormía con la ventana cerrada a cal y canto; le disgustaba muchísimo la luz a la mañana. Con una lentitud extrema se levantó, y sufrió un par de escalofríos mientras abandonaba el útero caliente que representaba su cama a esas horas de madrugada. Maquinalmente se dirigió hacia la puerta, esquivando los escasos muebles que había en su camino con la destreza de la costumbre. Su casa estaba perfecta: silenciosa y oscura como una tumba. Siempre bromeaba con que seguramente había sido vampiro en otra vida. Se calzó las pantuflas, y sin prender la luz salió de su habitación. Se dispuso a atravesar el comedor para dirigirse al baño y hacer sus necesidades (a pesar de la incómoda y también diaria erección que tenía). Caminó entre las sillas y la mesa sin ver, y entró al baño, más frío que de costumbre. “bueno, después de todo es invierno” pensó mientras orinaba dificultosamente. Apretó el botón, y el ruido fantasmal del agua yéndose quebró el silencio. Se dio vuelta y se lavó la cara, estremeciéndose cuando sintió el agua fría recorrerle el rostro. Más despejado, notó que aún en el baño seguía sin ver absolutamente nada, como si tuviese los párpados cerrados. Miró hacia donde sabía que estaba la claraboya, pero la negrura era absoluta (¿No tendría que venir algo de luz desde afuera?). Tanteó la pared, recta, esquina, recta, puerta. Volvió la mano por donde había venido, y la bajó instintivamente, adonde sabía -sin saber que sabía – que estaba el interruptor. Oyó el clic y entrecerró los ojos esperando el fuerte golpe de la luz, pero la negrura seguía siendo total. Esperó unos segundos, como no entendiendo, y volvió a poner el botón en “apagado”. Dos segundos más, e intentó encenderla nuevamente, pero con igual resultado: seguía totalmente ciego (mierda, se quemó el foquito). Abandonó el baño, cerrando la puerta tras de él y dirigiéndose hacia el interruptor del comedor, tanteando mesada y pared. Luego de unos segundos, llegó y tocó el botón, pero lo único que cambió en la sala fue el “clic” que rompió el silencio, nada más (¿Yo pagué la luz este mes? Sí, sí, hace una semana). Alternó el interruptor una docena de veces, con frustración, e insultando mentalmente a la compañía de energía eléctrica por el mal servicio que le daban (puta madre, siempre pago en término, te atrasas y ya te cortan el servicio, pero cuando ellos te dejan sin luz está todo bien, claro, hijos de mil put…). Tanteando y con las manos siempre adelante cual ciego primerizo, volvió a su cuarto, y pasó la mano por la mesa de luz hasta encontrar el celular; por lo menos podría usar la pantalla como linterna hasta buscar velas, o algo así. Tocó la pantalla táctil, y está no respondió (¿Le cargué la batería? Sí, algo tiene que tener… roto no creo que esté, lo usé anoche…). Impaciente, tocó un par de veces más, casi clavándole el dedo, pero la pantalla no iluminaba absolutamente nada, y ni siquiera podía ver el celular. Hasta ese momento no se había dado cuenta, pero la oscuridad era tan espesa que no podía ver nada, pero literalmente nada. Colocó su mano a dos centímetros delante de sus ojos, y no podía verla. Nada, nada. (Bueno, no pasa nada. Seguramente el despertador se adelantó y todavía es de noche, por eso no entra luz desde afuera. El celular seguramente está roto, y las luces seguramente no andan porque hubo un corte de luz… si, seguramente es eso. Ni siquiera puedo ver qué hora es en el reloj… esta oscuridad es demasiado… demasiado oscura.) Kevin se sentó en la cama, mirando hacia adelante, pero sin ver nada en realidad. Siempre tanteando, buscó la tira que le permitiría abrir el postigo, para que entre algo de luz, que obviamente tendría que haber. Sintió el ruido del postigo subiendo, pero todo siguió igual de negro. Era, era imposible, siempre algo de luz hay en la calle, por mínima que sea. Sus pupilas estaban dilatadísimas, y podría detectar fácilmente hasta el más mínimo rayo de luz, por débil que fuese. Directamente, no había nada, nada de luz en absoluto. Empezó a preocuparse. Instintivamente, se llevo los dedos hacia los ojos, los cerró y los tocó. Sí, seguían estando ahí, donde debían. Respiró hondo y trató de tranquilizarse, pero simplemente no podía: esta oscuridad no era nada natural, y realmente asustaba hasta la médula. (¿¿Qué carajo está pasando?? Esto no está bien, no está nada bien. No puede ser que no entre luz de afuera… algo, algo tiene que entrar por poco que sea. Encima me siento un poco mal, no tengo que dejar que esto me afecte. Dentro de poco va a volver la luz y va a ser todo normal. Ah, claro, soy un idiota. Si hubo un corte de luz, y hoy hay luna nueva, es obvio que no va a entrar la luz de afuera. Pero, pero algo tendría que entrar, siempre un poquito hay, para por lo menos ver algo, por tenue que sea.) Interrumpió sus pensamientos y decidió ir a la cocina a buscar las velas, que tendrían que estar en la alacena de arriba del lavamanos, si no se equivocaba. Siempre tanteando paredes y muebles, llegó hasta el lavamanos. Extendió la mano hacia arriba y tocó la madera de la alacena. Siguió hasta la derecha, despacio, muy lentamente, hasta encontrar la manija. Abrió la puertita, y metió la mano tanteando. Café (¿Por qué tengo café guardado acá?), un espejo, un termo, un mate, velas. Tomó el paquete, sacó la mano y cerro la alacena en un gesto fluido. Se quedó con las velas en la mano. Acostumbrado a la tecnología, no se dio cuenta de que necesitaba prenderlas por unos segundos. Recorrió la mesada con la mano hasta llegar a la cocina, donde seguramente tenía un encendedor. Pasó los dedos por la hornallas apagadas, el tubo de gas, y de nuevo la mesada, cuando de repente y con un horror indescriptible, sintió que tocaba piel humana, como si fuese un antebrazo. Retiró los dedos instantáneamente, y se fue casi corriendo para atrás, hasta que chocó la espalda contra la mesada, que vista de arriba tenía forma de L. Quebrado del dolor, cayó de rodillas hacia adelante, pero la adrenalina y el miedo que sentía lograron hacerlo levantar en medio segundo. Con el terror gritando en cada fibra de su cuerpo, fue hacia atrás, chocando la espalda nuevamente con una silla, pero ni lo sintió. Finalmente llegó hasta la puerta de entrada, y no dudó en tomar la decisión de salir, a pesar de que ni estaba vestido. Palpó la pared hasta que encontró la puerta de metal, y bajó la mano hasta encontrar el picapor… el picaporte no estaba. Empezó a sudar, y apoyó la espalda –solamente por instinto: no podía ver nada de lo que estaba adelante suyo - contra la puerta, a la vez que seguía tocando para ver si encontraba la manija. Comenzó a temblar: la puerta estaba totalmente lisa, como si fuese un simple adorno de la pared. Donde estaba el picaporte ni siquiera tenía un agujero; la puerta era totalmente uniforme. Lo único que percibían sus sentidos era el ruido de su respiración, rápida, agitada, y el frío de la puerta que tenía a sus espaldas, nada más. Se agachó lentamente y por instinto, y se quedó sentado, moviendo la cabeza hacia todos lados, por la costumbre de poder y la desesperación de querer ver. Pasaron un centenar – o eso le pareció – de minutos, y el todavía seguía en cuclillas. (No toqué nada, fue mi imaginación. Me estoy poniendo nervioso y lo sé perfectamente, es esta maldita oscuridad. Como mucho, debe haber sido un pedazo de carne que deje sin querer, o una bolsa con pan, y como estoy asustado me pareció que era un brazo. Nada más. Nada más.) Siguió pensando, y se dio cuenta de que tendría que ir a buscar el encendedor para poder prender la vela. A pesar de eso, siguió exactamente en el lugar que estaba. No se animaba a levantarse ni a hacer el más mínimo ruido, aunque ya había formado su opinión de que era lo que había pasado. Sin embargo, explicación racional o no, la verdad era que seguía ahí, agazapado, esperando un mínimo ruido para… ¿para hacer qué? (Ay Dios, ay Dios. Mierda, no puede ser, no puede ser, no puede ser. Ya sé que es lo que está pasando: estoy ciego. Seguramente la habitación está plenamente iluminada y soy yo el que no puede ver nada, y las cosas que están pasando son solamente producto de mi imaginación. Ay, no puede ser que me haya quedado ciego así, es imposible, ¡es imposible totalmente!) Lloriqueó patéticamente un rato, al darse cuenta de que se había quedado ciego, y de que estaba haciendo el ridículo. Tantas cosas que no iba a poder hacer nunca más… toda la tragedia se le desnudó de repente, y siguió donde estaba, agazapado. (No puede ser que me pase esto, no a mí. Hasta ayer estaba bien, ¡mierda! Creo que la única manera es prender la vela o el encendedor, para saber si yo estoy ciego o me están pasando una serie de cosas, de accidentes casi imposibles) Se armó de valor, y casi increíblemente para él, se levantó y comenzó a caminar, a ciegas al igual que desde que se levantó de la cama. Dio un par de pasos y ya estaba a punto de llegar a la mesa - de ahí, un par de pasos lo separaban del encendedor – cuando escuchó un sonido tenue, vago, como una respiración. El corazón se le detuvo, y las velas se le cayeron de la mano. Temblaba. Fue solo un momento que lo escuchó, pero la tensión que acumulaba hacia dos horas lo hizo colapsar. Se quedó paralizado, sin moverse ni medio centímetro. Esperaba un golpe, una mordida, algo que lo mate en cualquier momento y desde cualquier, desde cualquier lado. Estaba indefenso totalmente, esperando su muerte. Esperó un minuto. Dos. Tres. Cinco. Ocho. El tiempo se le hizo eterno, pero al fin, y con pavor, escucho un roce, como de pies que se movían con sigilo. Su oído ya estaba muy sensible, por la falta de visión y por el miedo que sentían. El sonido de los ¿pasos? se alejaba en dirección al baño. (¿Qué es lo que está pasando? ¿Hay alguien acá? ¿Qué carajo quiere de mí, por qué no me habla o me mata, que pretende? ¿Estoy ciego y todos estos ruidos son producto de mi imaginación? ¿Hay alguien que está jugando conmigo?) Despacio, casi en cámara lenta, se movió hacia la mesada. Su sentido de la orientación estaba mejorando bastante, ya era capaz de acordarse la posición de cada cosa. Toqueteó la mesada hasta que encontró el encendedor y lo tomó: era la hora de la verdad. Posicionó el pulgar y lo bajó en un movimiento rápido. Sintió el “schic” pero no vio nada, ni siquiera la chispa (Estoy ciego mierda, estoy ciego, mierda mierda mierda mierda). Probó nuevamente, y cayó en la cuenta de que no era el mismo ruido que siempre. Acercó el encendedor a su oído, y pulsó solamente el botón que expulsa el gas, pero le llegó un ruido casi inexistente: el encendedor agonizaba. La única alternativa que le quedaba para conseguir luz se iba y no volvería jamás. Su respiración era cada vez más rápida, y su corazón volaba. Dudaba, dudaba de todo. No sabía qué era lo que estaba pasando, y no tenía forma de saberlo. Siguió tratando obsesivamente de prender el encendedor, sin respuesta (Un momento, ¿por qué no veo la chispa?). Pasaron unos minutos, y no se atrevía a mover de donde estaba. Agradeció al cielo tener los sentidos del tacto y del oído, porque sin ellos ya se abría vuelto completamente loco. Sintió una sed terrible quemándole la garganta, y se movió apenas unos centímetros hasta alcanzar el lavamanos, siempre a ciegas. Abrió la canilla de agua fría, pero el ruido a metal fue lo único que escuchó, en vez del esperado sonido del agua fluyendo. Tocó la canilla del agua caliente, pero tampoco hubo respuesta. (¿Tampoco hay agua? ¡¡¡¿¿¿Qué es lo que está pasando???!!!) Se sentía mal, muy mal. ----------------------- ----------------------------------------------

Se sentía peor. Estaba desesperado y, definitivamente, algo terrible estaba pasando. No tenía salida, estaba totalmente perdido. Lloraba, y ahora sabía que definitivamente alguien o algo estaba en la casa, y estaba jugando con su mente, haciéndolo desesperar para hacer quien sabe qué. Hacía quince minutos que había probado el teléfono. Suele pasar que a veces las ideas más obvias se nos escapan, pero Kevin tuvo suerte – Bueno, relativamente – y se dio cuenta de que podía usar el aparato para llamar a alguien y pedir ayuda. Marcó metódicamente el número de familiares y amigos, pero siempre se escuchaba el “tututututu” tan característico, que indica que el número no está en servicio. Finalmente, y con cierta reticencia a hacer el ridículo, marcó el número de la policía. El alma le volvió al cuerpo cuando escuchó la rutinaria voz de un operador contestándole. - 911 ¿Cuál es su emergencia? -Hola –Respondió Kevin aliviado por escuchar una voz humana pero todavía nervioso-. Creo que hay alguien en mi casa. -Ok, quédese tranquilo y escóndase en donde pueda. -¿Van a mandar una patrulla? -Sí, en estos momentos va a salir una hacia allí, solamente espere y no me cuelgue. Está conversación será grabada por precaución, señor. -Mandela lo más rápido que pueda oficial, estoy muy asustado, en serio. -Sí, se le nota en la voz –repuso el oficial, risueño -. Trate de calmarse y cuénteme que está pasando –Kevin le contó una versión minimizada, mucho más verosímil, y cuando llegó al punto de que no veía ninguna luz, ni la proveniente de afuera, la voz del oficial le respondió, extrañado -. ¿Abrió la persiana y no vio luz afuera? Pero si son las cuatro de la tarde, hombre… Todo el nerviosismo que había logrado ahuyentar volvió en esas dieciséis palabras. Empezó a respirar rápido, como si tuviese un ataque de asma. Sí, entonces estaba ciego y era todo su imaginación, esto lo confirmaba. -Señor, ¿todavía está ahí? –dijo la voz del operador, preocupada-. ¿Señor? -Sí, sí, estoy acá –respondió Kevin, devastado –. Creo que me volví ciego. -Escúcheme atentamente, señor. Hay una forma médica y segura de saber si perdió la visión o no. Si tiene bicarbonato de sodio cerca, échese un poquito en el ojo. Si perdió la visión le va a arder un poco (un poquito apenas, no se preocupe) y si puede ver no le arderá absolutamente nada. Créame, un tío mío lo hizo una vez. Hágalo y vuelva, no colgaré. Estaba desesperado, y el policía habló con total seguridad, así que supuso que tenía razón. Fue hasta la alacena, y sacó lo que supuso era bicarbonato. Dudó un poco, pero decidió probar una pizca y estuvo seguro de que era bicarbonato y no otra cosa. Se echó una pizquita en la mano, abrió el ojo y se lo tiró. El dolor recorrió desde el ojo hasta el cerebro. La cornea le ardía como si se la hubiesen prendido fuego con un soplete, e inmediatamente comenzó a gritar de sufrimiento. Se levantó rápidamente y fue hacia la canilla para enjuagarse, pero otra vez, el grifo se obstinó y no salió ni una gota. Restregándose el ojo, se acercó al teléfono. Tanteó hasta encontrar el cable que salía desde la parte de atrás: estaba arrancado. -Jajajaja, ¡que imbécil! –sonó la voz del operador, burlona-. No puedo creer que lo hayas hecho, en serio. -¿Quién mierda sos, hijo de puta? ¿Qué querés de mí? -Soy tu Dios acá. Soy el que decide como vas a sufrir. Soy el encargado de que sufras. Lo único que quiero es que me temas, y que desees no haber existido. ¿Todavía no te das cuenta de donde estás? –Respondió una voz mucho más grave que la que había escuchado anteriormente – Estoy cerca, muy cerca –en ese momento, Kevin escuchó la puerta del baño cerrarse de un portazo-. Nos vemos pronto, Kevin –hizo una pausa -. Bueno, yo te veré a ti solamente. Suerte con tu ojo.

Ahora, estaba recostado en el suelo en posición fetal, agitado y lloroso. Cada vez se escuchaban más ruidos en la casa. Sillas que se caían, puertas que se cerraban, pasos y respiraciones agitadas, cada vez más cerca. Sentía como su cordura se escapaba. Por Dios, si por lo menos tuviese una luz, y pudiese ver un objeto, ver cualquier cosa, lo que sea. Pero quizá… quizá era mejor, porque no sabía que podía llegar a ver si tuviese luz. Por lo menos, el tormento se limitaba a la incertidumbre, al sonido y al horrendo dolor en el ojo. (¿Estoy enloqueciendo? Ya no puedo más, Dios, ayúdame por favor, ayúdame.) Rezó apenas audiblemente. Había dicho un par de palabras cuando una voz lúgubre llenó la casa, quitándole la poquísima esperanza que aún tenía Kevin. <<“¿A quién le rezas? Dios no te va a escuchar aqui. ¿Por qué no te tanteas el brazo izquierdo, a ver que encontrás, Kevin?”>> Aterrorizado, comenzó a tocar su brazo menos hábil desde el codo. Despacio fue subiendo hasta la mano, y antes de llegar a la muñeca sintió una ondulación como una cicatriz, que iba en diagonal pasando por la vena. <<“Así es Kevin. Te suicidaste hace mucho, mucho tiempo. Este es el castigo que se les da a los suicidas aqui. Desde que llegaste me divierto viéndote sufrir lo mismo día, tras día, tras día. Es muy divertido ver como reaccionas: una vez hasta me hiciste frente. Pero aquí no hay salvación posible. Cuando te duermas te vas a olvidar de todo esto, y a los pocos segundos te vas a despertar y vas a sufrir exactamente lo mismo, pero sin recordar nada: no hay mayor terror que el de lo desconocido. Tenés que pagar tu pecado y estás condenado. Sufrís ahora, y vas a seguir sufriendo por los siglos de los siglos. Amén”>> Cuando terminó de escuchar esto, Kevin sintió como su cordura se partía en cientos de pedazos. Escuchó amén, y comenzó a reír histéricamente, mientras proseguía el castigo por su rebeldía. Desde ninguna parte, otra risa lo acompañaba, lúgubre y malvada.

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El doctor Steiner sonrió y miró a su colega Haupmann. -Hicimos bien nuestro trabajo, colega. El general estará más que satisfecho con esta nueva cámara de tortura. Cronometre el tiempo que tarda en quebrarse y mande un equipo de limpieza. Apagó las luces del cuarto de supervisión. Dejó a su compañero a cargo de manejar los ruidos y se fue. A pocos metros, Kevin, el sujeto de pruebas número 27, se suicidaba preso de la locura.

viernes, 20 de septiembre de 2013

¿Te acuerdas?

¡Hey, hola! Qué alegría volver a verte, ¿te acuerdas de mi? Jajaja, pues claro que si te acuerdas; ¿cómo te olvidarías de tu amigo de la infancia? Yo no me he olvidado de ti, aunque debo decir que has cambiado mucho desde la última vez que nos vimos, estás más delgado que antes, ¡aunque tu altura lo compensa! Pero claro, yo estoy algo más.. atlético, por así decirlo, después de todo he tenido mucho tiempo para hacer ejercicio. ¿Sabes algo? Cada día, desde la última vez que nos vimos, he estado pensando mucho en ti, no he podido dejar de hacerlo a pesar de lo mucho que lo intentaba.
¿Te acuerdas de nuestro último año de secundaria? Fue el mejor año de mi vida, ¿sabes? No sé si lo fue para ti también, pero para mí ese año fue muy especial, tengo una gama de recuerdos únicos sobre ese año en secundaria, además de que juntos nos metimos en varios problemas y siempre nos protegíamos como hermanos hijos de la misma madre; nunca nos echábamos la culpa, y es más, nos poníamos de acuerdo para culpar a otros por nuestras payasadas. Aunque como era de esperarse la mayoría de problemas fueron culpa tuya jajaja, es broma. Digamos que fue culpa de ambos. ¿Te acuerdas de las pinturas en los baños del colegio? Fue tan gracioso, ¿te acuerdas que teníamos pleitos con Javier y para ponerlo en ridículo escribíamos cosas graciosas sobre él en las paredes del baño? Jajaja, e incluso hicimos una caricatura de él exagerando su nariz, que de por sí en la realidad era descomunal. Inmediatamente después todos comenzaron a hacer lo mismo, impusimos una moda que terminó con los baños totalmente garabateados, y el director y el coordinador del colegio incluso visitaron cada salón de secundaria buscando a los responsables, y si mal no lo recuerdo, prohibieron salir al recreo con plumones y lapiceros jajaja, todo por nosotros, recuerdo que me sentí muy alagado. Casi todos sabían que habíamos sido nosotros, pero nadie decía nada, incluso la chica nueva, Cristine, supo mantener el secreto.
¿Te acuerdas de Cristine?… Hey, te estoy hablando… estás algo pálido amigo, ¿qué pasó, creías que la iba a olvidar así de fácil? Pues claro que la recuerdas, ella era tan hermosa, tan inocente. Esos grandes ojos de color caramelo hacían que tu mente diese vueltas sin parar y extrañamente calentaba tu cuerpo hasta dejar que él controle tu cerebro, increíble, ¿no? Incluso comenzaron a corren rumores sobre ella. ¿Te acuerdas que decían que practicaba brujería? Se comenzó a creer que ella era una bruja, jajaja, una bruja muy bella, por supuesto. Durante la segunda mitad del año ella era la más odiada por las mujeres y la más amada por los hombres. ¿Te acuerdas de que todos los hombres fantaseaban con ella? Le traían regalos, la invitaban a salir, incluso nosotros también lo intentamos, ¿te acuerdas? Pero en el fondo todos sabíamos que esa obsesión no era normal, no nos dejaba concentrarnos en clase, no podíamos desviar la mirada de sus ojos. Ya había llegado a ser muy molesta esa situación.
¿Te acuerdas de lo que pasó “ese” viernes? ¿No lo recuerdas?, ¿en serio?… ¿Por qué me mientes, amigo mío? Si lo llevábamos planeando desde hace mucho, además de que esa fue la última vez que nos vimos, ¿te acuerdas? Ya estábamos hartos de los hechizos de esa muchacha, no queríamos reprobar el año por culpa de una bruja, porque eso es lo que ella era, ¿verdad?, una maldita y asquerosa bruja, que merecía morir. Recuerdo claramente que la seguimos después de clases con mucho sigilo, ella no se percató de que la seguíamos, incluso discutimos sobre qué callejón utilizar. Cada vez que yo decía “éste es”, tú decías, “no aún, hay que esperar otro”. Jajaja, idiota, todos estaban vacíos, pero supongo que el miedo te ganaba a pesar de que ya estaba todo practicado.
Hasta que llegó el callejón indicado, y si no te hubiera jalado es seguro que nunca lo habríamos hecho. Siempre supe que debí golpearla más fuerte, el golpe que le di sólo la noqueó un poco, pero aún así nuestra fuerza era superior, y éramos dos. Ese callejón estaba realmente sucio, pero seguro que ella lo era aún más, ¿verdad? Una bruja es una impura, una sucia, una maldita bruja después de todo. Ni siquiera se dio cuenta de que la estábamos rociando con gasolina, creo que por un momento no le tomó importancia, pero cuando vio el encendedor se dio cuenta de nuestras intenciones. ¿Te acuerdas? Cómo la poca llama de fuego que emitía el encendedor se esparció tan rápido que casi nos llega a consumir a nosotros. Ella se movía y gritaba, era una masa de fuego, una verdadera antorcha humana. Cuando ya no se movía más le echamos agua. ¿Te acuerdas cómo quedó? El hechizo se había roto, esos ojos de color caramelo que deseábamos mirar durante toda la eternidad, ahora sólo eran dos globos oculares derretidos y de color blanco y rojo por la carne quemada. Ya no me gustaba. Se veía horrible sin piel, ahí supe que el hechizo se había roto.
¿Te acuerdas de lo que pasó después? Al parecer, sus gritos llegaron a los oídos de un imbécil que llamó a la policía. Ellos llegaron rápido debo admitir, ni siquiera nos dio tiempo para salir del callejón y buscar otro lugar en donde escondernos. Lo único que pudimos hacer fue correr a lo largo del callejón hasta llegar a una rendija con un pequeño espacio. ¿Te acuerdas también de mi buena acción? Dejé que pasaras primero, después de todo, eso es lo que hacen los amigos, ¿verdad? Después te pedí que me ayudaras, porque yo no cabía. Te pedí que jalaras con fuerza, la policía ya estaba a unos pasos de mí, pero si hubieras seguido jalando estoy seguro de que lo hubiéramos logrado. Pero tú me soltaste, ¿te acuerdas?, y me dijiste “lo siento”. Yo no te solté, pero al ver que tú me evitabas la mano como un enfermo leproso, te advertí algo. La policía me atrapó. Cinco años sin verte. Cinco malditos años desperdiciados en una prisión, en una asquerosa prisión donde nos servían una repugnante sustancia que ellos llamaban comida. Como te dije, siempre estuve pensando en ti, amigo mío. ¿Te acuerdas de lo que te dije después de que me soltaste la mano? ¿Te acuerdas de lo que juré que te haría si te volvía a ver? ¿Ahora te acuerdas?… Qué alegría volver a verte…